Elsa von Freytag-Loringhoven - death mask

Su voz es potente e incontrolada, y sus movimientos son torpes y majestuosos, como los de un pájaro apresado que intenta escapar y no para de golpearse en las paredes de su jaula, pero que, pese a todo, vuelve a intentarlo

Djuna Barnes[1]

Acabo de descubrir que no estoy, y porque no estoy, hacha para el suicidio – a no ser que fuera llevado a término alegremente – victoriosamente – con esplendor

Baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven[2]

En 1921, una vez perdido el sonado juicio por obscenidad tras la publicación del Ulises de Joyce en la Little Review, la revista comenzará a evitar la controversia y dejará, poco a poco, de contar con la escatológica y sexual baronesa. Pronto se irá quedando sin apoyos y sin amigos ya que la comunidad artí­stica andaba haciendo las maletas y marchándose a Europa. En el 23 “Else Kassandra”, como la llamará tiempo después Ezra Pound, estará preparada para regresar al viejo continente, un regreso que será el principio de un final y absoluto desbordamiento: “Estoy asquerosamente cansada – cansada de vivir de la escritura –o del arte- solo solo solo!/ Me odio –escupo sobre mi misma- Me miro en el espejo y veo los restos descuidados desanimados de un mujer vieja ¡ / y –la locura de todo esto es que no es verdad!/ Pero –sí­ es verdad- en América”[3].

Dejó a sus perros al cuidado del Dr. Rowling, envió copias de su trabajo publicado a quien fuera su marido August Endell, empaquetó todos sus manuscritos y sus obras en tres baúles y una inmensa caja y los guardó en un almacén por 12 dólares y durante su último mes newyorkino vivirá en el Fort Washington Park, sin casa, sin techo y sin posesiones, como un “mujer libre”. El 18 de abril de 1923 partirá para Bremen llegando a un paí­s, el suyo, devastado por la primera guerra mundial y con el mayor déficit de toda su historia. Una vez allí­ la voluble dama escribirá: “Me he convertido en Americana “¦ Dejadme regresar –contigo- a tiempo a donde ahora – Yo pertenezco! Y a ningún otro lugar que América![4].

En el pasaporte conservado en Maryland, de 19 e Octubre de 1923, la Baronesa realiza lo que podrí­amos considerar una sutil pieza de arte conceptual, quizá a plena conciencia, quizá no. Firmará el documento como “Else-Freifrau von Freytag-Loringhoven”, pegará la foto en el lugar que corresponde al hombre y firmará a lo largo de las dos lí­neas de puntos, las que, en verdad, pertenecen a ellos, arriba, y a ellas, abajo. Su nombre no es el de baronesa sino el de “Freifrau”, literalmente “mujer libre”, tí­tulo este equiparable al de baronesa pero que da cierto juego lingüí­stico al ennoblecerse mientras ratifica su independencia. Por otra parte el hecho de que pegase su foto en el lado izquierdo corrobora la visión de si misma como un ser móvil y con un género variable. Nada se ha especulado en torno a este documento,que, podrí­a ser el logotipo de su misma vida[5].

No esperaba, esta mujer libre, una tan nefasta recepción a su regreso a su tierra. Descubrirá que su padre la había desheredado, que su familia polí­tica, los von Freytag-Loringhoven, nada querrán saber de ella, ni bajo amenaza de chantaje, que su pensión por viudedad no llegará por errores en el papeleo y que su único apoyo, Endell, estaba a punto de morir. Tampoco conseguirá conectar con la ferviente vida intelectual berlinesa, ni con la vena del Dadá, ni con Der Sturm, ni con la Bauhaus. Su concepto nietzcheano del artista como un aristócrata espiritual no encajará con lo politizado del arte alemán, además el horror y la devastación que invadían las calles de la frí­a ciudad alemana nada tendrán que ver con los anuncios de neón, los grandes almacenes y los brillantes tranvías que había dejado en Nueva York. Tampoco sabrá sacar partido de la infinidad de oportunidad para publicar, concentrándose en el chantaje sistemático de antiguos amigos y conocidos para conseguir dinero, su verdadera necesidad y única obsesión. Durante tres años permanecerá atrapada en Alemania, durante tres años escribirá compulsivamente retratando su desesperado estado a todos sus conocidos, Pauline Turkel, Eleanor Fitzgerald, Rose McDougal, Berenice Abbott, Sarah Freedman y a su amiga Djuna Barnes:

“Peleo tan valiente como soy y como siempre fui, pero incluso los valientes caen en la guerra. Ni tan siquiera estoy trastornada , sino fragmentada –enmudecida por el miedo, recogiendo los pedazos de carne de mi corazón con su implacable ritmo, día y noche, minuto a minuto, debo sucumbir pronto. Hay algunos que necesitan estar desgastados para crear, yo debo estar limpia . . .

Estoy condenada. Tiemblo en todos mis miembros, dentro y fuera. Estoy enferma, muy enferma –muy-muy- lo siento – como lo siento! No hay casi nada que pueda superar mi tortura – porque soy testigo consciente de mi propio desmembramiento – no puedo escapar mi condición – a no ser al final – en la muerte. Estoy a la deriva- Dios es tan lento conmigo”[1]

Y Pese a haber perdido su “riqueza rococó”, pese a encontrase en un lamentable y desgastado estado manteniéndose a duras penas por al venta de periódicos en las calles berlinesas, seguirá siendo fiel a si misma. Intentará, con su marca personal, seducir a los oficiales del consulado francés en Berlín con el objetivo de lograr un visado para irse a Parí­s donde toda la vanguardia que pobló durante los años de la gran guerra el Greenwich Village ocupaba ahora los barrios bohemios de la capital francesa. Ella misma narra la experiencia:

“Me fui al consulado con una inmensa tarta cubierta de azúcar sobre mi cabeza con 50 velas encendidas – me sentía tan arrogante y opulenta-¡ En mis orejas llevaba bolsitas de azúcar o cajas de cerillas – no recuerdo bien. También me había puesto muchos sellos sobre mis pómulos pintados de verde esmeralda y mis pestañas estaban realizadas con púas doradas de puercoespí­n, que crují­an coquetamente, al cónsul, llevaba varias ristras de higos secos oscilando en torno a mi cuello para darle una chupadita de vez en cuando, para intimar. Me hubiera encantado llevar unas brillantes botas de goma hasta mis caderas con una falda de bailarina de papel de oro auténtico y con una lazada blanca (para hacer juego con la tarta) pero no lo conseguí­. Creo que la inconsistencia en mi traje final es la culpable de no haber agradado a los oficiales”[2]

Finalmente en abril de 1926, llegará a Parí­s y a pesar de sus rachas de exuberancia, llegará, como ella misma afirmaba: desgastada, envejecida, degradada y absolutamente exhausta. Pese a todo, y dado su optimismo, aun pensaba triunfar. El que fuera el subeditor del transatlantic review, Ernest Hemingwayeditará su poesí­a, cosa que querrá impedir el más conservador Ford Madox Ford, principal editor de la revista. Recibirá, como siempre, la incondicional ayuda de Djuna Barnes y convencerá a la mecenas Peggy Guggenheim de concederle una beca para su proyecto de estudio de modelos, un proyecto que querrá vender como una aventura vanguardista en toda regla. Sin embargo, el día 15 de diciembre de 1927 Jan Sliwinski, conocido galerista y amigo personal de Elsa, encontrará el cadáver de la Baronesa junto al de su perro Pinky, sin una simple nota y sin nada de esplendor ni drama, como ella había afirmado le hubiera gustado suicidarse. Habí­a muerto asfixiada por el gas de su cocina, que quedó misteriosamente abierto, durante toda la noche, en la habitación de un siniestro hotel, el M. Hatté’s Grand Hotel en la 22 rue Barrault en el sudeste de Parí­s, cerca de la Plaza de Verlaine, en una zona que desplegaba, tal y como Alfred Perlés dirá en 1931, una belleza cancerosa. Una escenografí­a perfecta para su siniestro final que, como dirá Barnes, ni siquiera tuvo la decencia de la malicia. La pregunta que lanzase al aire William Carlos Williams el 21 de enero del 28, se suicidó la Baronesa o simplemente murió, sigue allí­, en el aire.

En la primavera de ese 1927 había escrito a Biddle fantaseando sobre su funeral: “En mi funeral podéis ahorrar –no estoy interesada en los trastos- a no ser que pudiera ser embalsamada como una bella concha de una excepcional reina – y no te importo lo suficiente para hacer eso- así­ que mejor véndeme a una universidad de medicina y enví­a a Djuna Barnes a por las ganancias –lo podrí­a necesitar en ese momento”[3].En sucesivas cartas insistirá en su indiferencia hacia este acto final y como mucho, pediráque la lleven a un embarcadero por las piernas yque lancen su cuerpo al mar con los peces. En enero de 1928 tuvo lugar el funeral, unas dos semanas después de su muerte, en la zona más económica del cementerio Pí¨re Lachaise[4]. Ese día Djuna Barnes, Thelma Wood y otras mujeres quisieron asistir a su funeral pero, como no encontraban el lugar, se fueron a un bar y se emborracharon.

“LIFE = 1 DAMN THING AFTER ANOTHER “


[1] BARNES, Djuna, de su texto marcado como “Prefacio” fechado el 7 de diciembre de 1924, probablemente para el prefacio de la autobiografí­a que quisiera editarle a Elsa, a la que ya no referimos. Elsa von Freytag-Loringhoven Collections, Universidad de Maryland. Serie 1, caja 1.

[2] EvFL, “selección de cartas de la baronesa Elsa von Freyatg-Loringhoven”, transition 11 (febrero 1928), 27

[3] EvFL carta a la Little Review, “Jean Heap, understand one thing”, LRC, 29.

[4] EvFL, a Djuna Barnes, en torno a Septiembre de 1924, “I will be saved”

[5] No había reparado en los guiños de este documento que la biógrafa solo lee como muestra de la degradación fí­sica y Psicológica de la Baronesa. Agradezco a Rí¼dibert Jung haberme hecho reparar en unos detalles para los que un cerebro alemán está mucho más entrenado.

[1]Elsa von Freytag-Loringhoven, “Selections from the Letters of Elsa Baroness von Freytag-Loringhoven” transition, XI (1928), 24, 27, 30.

[2] EvFL, carta a Djuna Barnes, 1924-1925: “Djuna-by a mere accident” (extractos de una carta se publicaron en Baronesa Elsa, BE, 214-217). Quizá, argumenta Gammel, las 50 velas, nobradas así­ en número, se refieran también asu 50 cumpleaños.

[3] EvFL a George Biddle, primavera de 1927

[4] Irene Gammel sugiere que la “paupérrima tumba” que se le asignará podrí­a justificar su no inclusión en listado alguno. Su nombre no aparece en el registro del cementerio, ni en ese ni en ningún otro de los catorce que hay en Paris.