Ayer fue un día triste. Muy triste. Veí­amos como de modo brutal nuestro estado de derecho se veí­a mermado de un modo violento, desmedido y disparatado.

Yo bajé muy serena a las 8 de la tarde a Neptuno, estuve trabajando hasta entonces en la redacción de un comisariado que vamos a pedir en torno a la relación entre los artistas contemporáneos de lo público y los movimientos sociales de base. Y cuento esto porque cuando regresaba  a casa me parecía completamente estúpido lo que andábamos tramando. Luego reflexioné y pensé que era de lo poco que nos quedaba, el derecho a hablar, a reunirnos, a pensar juntos, a generar una inteligencia colectiva al menos para creer que seguimos siendo ciudadanos, porque ayer, cuando regresaba a casa me sentía cualquier cosa menos ciudadana.

Camine por la Castellana que estaba llena de gente que se moví­a para acá y para allá pero sin alarma, sin molestar. Los otros, más apretados en el foco de la maní­, en Neptuno, habían recibido alguna que otra tunda de los anti disturbios pero bueno, aunque sea un disparate, a mi al menos me lo parece, se veí­a vení­s y todos aquellos más bravos estaban en primera lí­nea. Luego estábamos los demás, que querí­amos estar, porque ayer había que estar, pero tal vez no seamos tan bravas.

Yo había recibido estas instrucciones para posibles acciones policiales:

Y bueno, la gente que había estado en el foco de la concentración hubo de llevar a término está acción para protegerse, conjuntamente, de la agresión policial, porque, la acción fue muy desmedida, nada de ajustada a los acontecimientos, nada de eso. Los demás, que quizá no estábamos ni tan prevenidos ni pendientes ni unidos a grupo alguno definido no teníamos claro que hacer ante unos tipos brutales, enormes, unas murallas humanas que caminaban como robocop.

La cuestión es que finalmente fuimos a tomar algo a un bar que hay en la Plaza de Atocha, no recuerdo su nombre, había una televisión y allí­ seguí­amos los acontecimientos de la Plaza Cánovas del Castillo en la Sexta, allí­ veí­amos a reporteros de la prensa internacional enviar sus fotografías, brutales, de las infinitas cargas policiales y allí­ apoyábamos la acción colectiva ciudadana. En un momento dado me acerqué al centro de la Plaza de Atocha para ver un poquito más, para sentir el desfase de los infinitos coches de policía y de pronto, de pronto, un alud de fondo, ósea un alud que todo lo arrasaba a su paso de polis anti disturbios vino hacia mi y hacia todos los demás que, insisto, estábamos tranquilos. Nunca antes había visto algo semejante, una brutalidad desmedida, todo el mundo reducido a corredores de fondo para que estos no te llevasen por delante. A mi me falto un tris para ser aplastada, menos mal que conseguí­ meterme en el rellano de un bar cuyo dueño apresuraba a la gente dentro, apachurraba, literalmente, a la gente dentro para luego cerrar el local a cal y canto, mientras los demás, los que ya no entrábamos fí­sicamente en el local, nos hacinábamos en el rellano de acceso al bar, nos aplastábamos unos a otros para evitar ser arrasados por el alud azul marino con reflejos de «policarbonato transparente».

No daba crédito, pase de la mala leche a la tristeza más absoluta, luego me venía  a la cabeza la obra de Santiago Sierra, «Los Encargados» y la verdad que estamos de luto del luto más absoluto.

http://youtu.be/QllF0mwJe_I