Esta no es Elsa von FreytagLoringhoven, pero de ella, de Elsa, dijeron ya en 1920 que podrí­a ser «una oriental desnuda haciendo solemnes gestos de indecencia en una danza sexual de su propia religión. Su éxtasis en semejante danza bacante será una de las propiedades de su arte. Esto lo dirá Evelyn Scott un poeta que hablará de un emigrada enorme y olorosa que dará algo de lo que hablar a los neoyorkinos de las primeras décadas del siglo XX. Ágil en la figura, y tan graciosa como un leopardo, como será descrita en 1915 en el New York Times, era un dama de alta alcurnia extremadamente radical en las proclamas de su voraz sexualidad sin género, una señora de látigo, que, decían, azotaba como una verdadera dominatrix al mundo del arte y al de la poesí­a , un Baronesa refugiada y temible. O un «Barone» como la llamaba William Carlos Williams.

Escribirá el poema desconocido más famoso del mundo, «Cast Iron Lover«, un poema de 9 páginas de una «intensidad explosiva», como un «volcán inconsciente», como dirá Maxwell Bodenheim: «Es refrescante ver a alguien enseñando las garras y corriendo todos los velos a base de aullidos, vómitos, y saltando al desnuda». Ese mismo año, en 1917, y para ilustrar su gran poema realizará su «God», una tuberí­a retorcida sobre si misma y apuntando al cielo, una pieza aun no asimilada por la crí­tica y gestada al mismo tiempo que el urinario, pieza esta que la Baronesa cedió amablemente a su amigo Duchamp, que por casualidad andaba tambiéne n Philadelphia, sin preveer ni de lejos la que se iba a armar.

Ella, una rareza que iba regalando piezas a medio elaborar y performaces gratuitos, le gustaba dejar al personal perplejo mientras se quitaba su camisa con solemnidad en el lugar menos pensado y más público. Una consciencia salvaje que no violó las reglas sino que entró en otro estadio de lo real y lo posible donde ya no habrí­a ninguna regla a la altura de las circunstancias. Todo su trabajo fue perfectamente coherente y en conjunto adquiere cierta normalidad que hoy sería llevada a Venecia. Por supuesto que el «mainstream» no se la llevará a Italia sino que la catapultará al olvido, ella fue «demasiado lejos» saliendo con sistematicidad del campo de recreo del juego vanguardista.

De la Emin dicen que es egocéntrica, una obsesa de sexo, que es victimista, una alcohólica, loca por ser «celebrity» y acomodada en su «autopromoción y venta». La verdad que visto lo visto no veo escándalo por lugar alguno. La autopromoción y venta ha sido básica en toda la historia del arte y mucho más desde que el pintor de la vida moderna se comenzase a perfilar allá por el XIX. Que una dama haga lo propio tan alegremente me parece no solo «no alarmante», sino también muy loable, la verdad. Ahora ella es un icono de jovencitas por «comercializar sus traumas». La gestión es muy similar a la que llevo Elsa durante toda su vida, militancia contra todo y contra todos, traumas aireados, vómitos y arengamientos a las masas entumecidas en busca de sus dosis homeopáticas de modernidad. La diferencia, la Emin se forra y se pone ciega a todo lo que pilla, la pobre Baronesa murió asfixiada y sin un clavel; antes podía uno aún escandalizar, hoy el escándalo vende mucho y genera mucha pasta… ¿por qué una artista no puede aprovecharse de ello?, ¿por qué al artista se le exige solemnidad?, ¿no ha llegado un punto de cambiar un término tan estirable como el de «artista»?, ¿no se ha ido la garete hasta la idea de «el arte» uno y único?

 



Esta no es Elsa von FreytagLoringhoven, pero de ella, de Elsa, dijeron ya en 1920 que podrí­a ser «una oriental desnuda haciendo solemnes gestos de indecencia en una danza sexual de su propia religión. Su éxtasis en semejante danza bacante será una de las propiedades de su arte. Esto lo dirá Evelyn Scott un poeta que hablará de un emigrada enorme y olorosa que dará algo de lo que hablar a los neoyorkinos de las primeras décadas del siglo XX. Ágil en la figura, y tan graciosa como un leopardo, como será descrita en 1915 en el New York Times, era un dama de alta alcurnia extremadamente radical en las proclamas de su voraz sexualidad sin género, una señora de látigo, que, decían, azotaba como una verdadera dominatrix al mundo del arte y al de la poesí­a , un Baronesa refugiada y temible. O un «Barone» como la llamaba William Carlos Williams.

Escribirá el poema desconocido más famoso del mundo, «Cast Iron Lover«, un poema de 9 páginas de una «intensidad explosiva», como un «volcán inconsciente», como dirá Maxwell Bodenheim: «Es refrescante ver a alguien enseñando las garras y corriendo todos los velos a base de aullidos, vómitos, y saltando al desnuda». Ese mismo año, en 1917, y para ilustrar su gran poema realizará su «God», una tuberí­a retorcida sobre si misma y apuntando al cielo, una pieza aun no asimilada por la crí­tica y gestada al mismo tiempo que el urinario, pieza esta que la Baronesa cedió amablemente a su amigo Duchamp, que por casualidad andaba tambiéne n Philadelphia, sin preveer ni de lejos la que se iba a armar.

Ella, una rareza que iba regalando piezas a medio elaborar y performaces gratuitos, le gustaba dejar al personal perplejo mientras se quitaba su camisa con solemnidad en el lugar menos pensado y más público. Una consciencia salvaje que no violó las reglas sino que entró en otro estadio de lo real y lo posible donde ya no habrí­a ninguna regla a la altura de las circunstancias. Todo su trabajo fue perfectamente coherente y en conjunto adquiere cierta normalidad que hoy sería llevada a Venecia. Por supuesto que el «mainstream» no se la llevará a Italia sino que la catapultará al olvido, ella fue «demasiado lejos» saliendo con sistematicidad del campo de recreo del juego vanguardista.

De la Emin dicen que es egocéntrica, una obsesa de sexo, que es victimista, una alcohólica, loca por ser «celebrity» y acomodada en su «autopromoción y venta». La verdad que visto lo visto no veo escándalo por lugar alguno. La autopromoción y venta ha sido básica en toda la historia del arte y mucho más desde que el pintor de la vida moderna se comenzase a perfilar allá por el XIX. Que una dama haga lo propio tan alegremente me parece no solo «no alarmante», sino también muy loable, la verdad. Ahora ella es un icono de jovencitas por «comercializar sus traumas». La gestión es muy similar a la que llevo Elsa durante toda su vida, militancia contra todo y contra todos, traumas aireados, vómitos y arengamientos a las masas entumecidas en busca de sus dosis homeopáticas de modernidad. La diferencia, la Emin se forra y se pone ciega a todo lo que pilla, la pobre Baronesa murió asfixiada y sin un clavel; antes podía uno aún escandalizar, hoy el escándalo vende mucho y genera mucha pasta… ¿por qué una artista no puede aprovecharse de ello?, ¿por qué al artista se le exige solemnidad?, ¿no ha llegado un punto de cambiar un término tan estirable como el de «artista»?, ¿no se ha ido la garete hasta la idea de «el arte» uno y único?