Revival. Un taller de la española Gloria G. Durán y la edición de «El gran libro del dandismo» abordan la figura del hombre «refinado».

Por Julian Gorodischer (Revista Ñ Clarín)

¿Un dandi hoy? Nos citan a imaginar cómo se manifestarí­a en el presente un descendiente indirecto de Charles Baudelaire u Honoré de Balzac. Somos un grupo de once voluntarios convocados por Gloria G. Durán, catedrática llegada desde Murcia «España», traí­da por CCEBA para dictar el taller «Dandi por dos días», con una consigna performática que llama a re-personalizarse en dandi imaginario, sólo como excusa para reflexionar sobre esta figura característica de cierta aristocracia de fines de siglo XIX y principios del XX, que no ha terminado de morir, cuyos rasgos están transmutando permanentemente, ahora mismo en ciertos aspectos del orden contemporáneo de consumo frenético y en cierta fugacidad y desmesurado voyeurismo del «paseante» de redes sociales. O, tal vez, en la incipiente estetización del indignado latinoamericano que se construye como mixtura de la herencia visual de los héroes de Marvel con los militantes del Mayo francés.

Ah, en Facebook, sabremos en un par de días, se juegan aspectos heredados de aquella subjetividad barroca latinoamericana, promovida en la ropa y el porte de Salvador Novo, el Marqués de Cuevas, la propia cronista María Moreno –entre los contemporáneos–: híper estetizado, viviente sólo para afirmar una pose, entendida ésta como fuerza revulsiva que no es más que una recreación ví­vida y tangible del deseo profundo de cada uno. En este taller se hará mucho énfasis en el poder de la rebelión o resistencia individual, sumadas, para compensar el declive de las movilizaciones épico-colectivas.

¿Por qué no localizar actitudes dandinescas –llegaremos a pensar, tras las dos sesiones del taller– en una drag queen reinventada a la medida única y privilegiada de sus expectativas de género.

Entonces, se deja afuera de la sala la identidad real, y muta cada asistente a una nueva personalidad que mama de «El pintor de la vida moderna», de Charles Baudelaire, o de los flâneurs y globe-trotters antologados por la colección Nuestra América, que María Moreno compiló para Eterna Cadencia en 2011. El reciente boom del dandi fue coronado este mes por la edición de El gran libro del dandismo (Mar Dulce), prologado por Alan Pauls, otro escritor que parece responder en cuerpo y obra a los postulados que definen al arquetipo nacido de un germen que podrí­a abarcar a Sarmiento, Mansilla hasta llegar a Enrique Raab o María Moreno: un disidente que se proclamó, en sus orí­genes, anticaudillista, antiautoritario, anticatólico. Contra lo que reacciona el dandi latino del siglo XX es a la violencia polí­tica.

En los dandis pasados y los actuales –a los que el grupo de neodandis, coordinados por Durán, juega a parecerse, cuando toca el turno de subir al escenario del Rojas para una presentación en gesto y vestuario– deberá mantenerse el tipo estético descripto por Pauls: «La elegancia en los dandis rara vez descansa en un plus -escribe en El gran libro del dandismo. Cualquier dandi –de la época que sea, completamente identificado con el programa estético y auto-diseñado de sus precursores o simplemente adherido a unos pocos rasgos de imagen y costumbres– le debe menos al énfasis que a la sobriedad, a la extirpación de todo elemento superfluo, incluso a cierta imperceptibilidad. Sobriedad, gran concepto dandi».

Los presentes se declaran herederos de un dandismo latino manifiesto en figuras como las de Porfirio Barba, Julián Del Casal, el Marqués de Cuevas, Rubén Darí­o o Salvador Novo. «No la medianí­a del miedo, no la timidez del pudor, recatos de los que no dan un paso por terror a caer en el mal gusto o la inconveniencia: la sobriedad dura, sin retorno, astringente, radical, de los faquires y los artistas del hambre que le gustaban a Kafka. Contra el kitsch del terciopelo y la suavidad, la elegancia dandi es pura aspereza», sigue Pauls. Irrumpe, entonces, el personaje de Serguei Galarovich, interpretado o transmutado desde el periodista y crítico español Miguel Cuesta Dí­az, uno de los participantes del curso, quien considera –en su escrito «Dandy remixed & curated», producido al calor de este encuentro– que su Serguei, en tanto dandi, «niega lo impuesto. Se sitúa sobre la frontera ambigua que define lo central de lo periférico. Traza una continuidad entre la norma ética y la estética y sugiere por encima de lo evidente. Seduce sin pretenderlo. Un sarcástico irreverente. Un rebelde refinado». Luego, se suceden en escena más personajes: Monsieur G., cronista y dibujante (nunca tan ligada la figura del dandi al periodismno como en este grupo, todos pretendidos testigos del presente, todos consustanciados con su tiempo histórico a través de la participación en grandes movilizaciones de personas o en la circulación continua por los distintos paí­ses.

Como decía Baudelaire: «Estar fuera de casa, y sentirse, sin embargo, en casa en todas partes; ver el mundo, ser el centro del mundo y permanecer oculto al mundo, tales son algunos de los menores placeres de estos espíritus independientes, apasionados, imparciales, que la lengua sólo puede definir torpemente. El observador es un prí­ncipe que disfruta en todas partes de su incógnito. El aficionado a la vida hace del mundo su familia…».

Tan pertinente es hoy la sensibilidad dandi -observa Luis Diego Fernández, filósofo e introductor del pensamiento del hedonista francés Michel Onfray en la Argentina-, tan sincronizada está con la tendencia contemporánea al autodiseño y la autoestetización, que muchos de los artistas argentinos que la suscriben, mirados por ella, con sus ojos, pierden su obra, la ponen entre paréntesis, dejan de necesitarla y pasan a cifrar su artisticidad en lo que son, en lo que hacen con lo que son, en la forma de vida singular que pregonan autoproduciéndose… «No dejar otra obra que la propia vida, no practicar otro arte que el de vivir, ¿no es acaso la consigna capital del programa dandi?». ¿Qué hace proclive en el escenario local la vuelta teórica e ideológica al dandi, en nuevo contexto hipertecnologizado y consumista?

Quizá, la inestabilidad del marco socioeconómico. Porque como dice Fernández: «Un dandi puede pasar de un espacio lumpen a un hotel 5 estrellas. Es el tipo que se fuma un puro en el Alvear y que, por la noche, camina en lugares extraños. Es la fuga de lo familiar hacia una zona refractaria de eso. Rechaza la función sexual en clave reproductora. Tiene una sexualidad muy libertina, y cuando se enamora deja de ser dandi». O, tal vez, considera el Serguei de Cuesta Dí­az, por la abundancia de referentes del espectáculo y las artes (el rockero inadaptado, la estrella pop, el hipster , Iggy Pop, Lou Reed, Marc Bolan y, por supuesto, David Bowie), que se vuelcan a un tipo fí­sico y un modo de vida vinculado a la proclama dandista esencial, transversal a las épocas y los lugares, se concibe la vida como un hecho estético, se cultiva una estética de la singularidad y la negación, decir «no» a la productividad y la masculinidad estereotipada, independientemente de cada condición sexual, al ideal burgués y al Museo, entendido este último como entidad socio-cultural.

En la suma de personajes interpretados por estos voluntarios (Paloma Fierro, la mujer de la cabeza enjaulada; Raimundo Woolf, un «dandi de película»; la seducción involuntaria pero irrefrenable del afrancesado Jacques Santiago, amateur de profesión; y la reflexión meditabunda de la intrigante Sasha pudo plasmarse la definición conceptual que la propia Gloria G. Durán luego se encarga de puntualizar sobre los ejemplos vivos: «Auto-convencimiento de que se es eso que se muestra, a sabiendas de que nunca se acaba de ser del todo –explica–. Oposición a la vulgaridad en todas sus posibles formas. En la ropa, en los objetos de los que se rodea, en el modo de andar, de sentarse «pormenoriza la autora de Dandysmo y contragénero», de caminar, de mostrarse, de presentarse y, claro, de relacionarse con los demás».

Apegados al presente, tienen esos dandis un alto desafío por delante: deberán buscar cómo separar la moda de lo que puede contener de poético en lo histórico, extraer lo eterno de lo transitorio. Dar a sus propias vidas dimensión de obra, y de allí­ el intento recurrente de los personajes del taller de armarse de corazas estetizantes, de alivianar la conciencia con alcoholes y opiáceos, de estar al margen de la ley y la norma, bajo premisa –observó Juan Emar en «Espí­ritu viejo y espí­ritu nuevo» (en Cielo dandi )– «que no define ni busca argumentos que sostengan su obra, pues todo su tiempo se halla ocupado en vivir».

Esa levedad que emana el discurso de todos los presentes, y que también afecta el dictus relajado, resbaladizo, pero potente de la tallerista, Gloria, y esa naturalidad con la que miran y se expresan ante el auditorio, como sin intención pero no ajenos a una seducción indisimulada, podrí­a resumirse para la figura que el boliviano Alberto de Villegas clasificó como «el flirt»: «elegancia espiritual para corazones vagabundos…», ajeno a los amargos sollozos de Don Juan y de Werther, que insinúa siempre sin afirmar jamás. «Que propone las más exquisitas locuras sin imponerlas nunca, entre la amistad y la pasión, en una atmósfera de luz artifical y de mentiras flagrantes y deliciosas…».

Así­ estamos, los que exponen en el escenario y los que escuchamos y miramos atónitos el despliegue de sensualidad, look y encantos personales arrebatados, en amable complicidad que todo lo niega y todo lo concede, enamorados de estas personalidades inventadas que abarcan a un noble polaco amigo del Conde Drácula y a la hija de presunta cruza entre mujer y ameba que sufrió gran decepción al enterarse de que su padre fue un humano. Aquí­, decía Villegas, «en este sendero delicioso que no conduce a ninguna parte», nos ponemos a pensar cuánto hay de dandi en el hipster de anteojo de marco grueso pero la opción es inmediatmente descartada. Entusiasmados por la vida como ficción, un poco confundidos en esta propuesta que hizo retroceder a nuestro yo habitual, empezamos a ver dandis en todas partes ¿o en ninguna?: en el andar de shopping y su deriva multidireccional, protegida, hí­per estimulada a armarse una imagen y una compostura nuevas en cada visita, de parte de un sujeto deseante de publicidad, ávido de cambiar de vida ante cada nueva prenda o perfume adquiridos, compradores de felicidad en cuotas sin intereses. No, ahí no, reclama Jacques Santiago, «démosle entidad al dandi», respetemos su figura como propia de una ensoñación romántica, tan embriagadora su estampa, tan seductor su porte que aquí­ estamos, varios días después, en un departamento de Caballito, convocados al brindis de cierre de esta experiencia radical en casa del personaje de Valentino, tanguero que prefirió sólo bailar, sin pronunciar jamás palabra, para mostrar su estar en el mundo. El balcón abierto a un domingo de primavera: es el marco ideal para seguir viviendo a la medida de cada imaginario.