Todo se vende: amenaza roja, anarquía y psicodelia

Este post forma parte de cierta corresponsalia que quiero hacer para el blog del máster CCCD que se publica en el periódico Público.es

Todo se vende:
amenaza roja, anarquía y psicodelia

Gloria G. Durán
Investigadora Postdoctoral I+D ‘Madrid Cosmópolis: Prácticas Emergentes y Procesos Metropolitanos’ UNED, ahora Visiting Scholar, UCM, Merced, CA.

Uno de los best sellers de Estados Unidos durante estos dos últimos años ha sido el insuperable, Red Army: The Radical Network That Must Be Defeated to Save America, de un tipo llamado Aaron Klein. En una entrevista concedida a NewsMax TV, titulada, Klein: Occupy Wall St to Turn Violent Before Fading, el autor alerta al americano medio, de la amenaza implícita en el movimiento Ocuppy Wall Street (OWS): “Nos quieren hacer creer que es espontáneo, que no surge de parte alguna y que solo replica el estilo de Alinsky”. Pero, no, él sabe que todos los peligrosos radicales de los años 60 están detrás del OWS. Luego está el dinero de George Soros, que alimenta a los agitadores profesionales. Además está Obama que apoya el movimiento, y Nancy Pelosi que dice que es una cosa bella y espontánea. Pero Klein insiste, los radicales han proclamado de modo alto y claro sus intenciones: “Acabar con el sistema capitalista y reconstruir la economía al estilo socialista”. Como no, para darle un poco más de drama al asunto, recuerda a los espectadores la Revolución Francesa y la crueldad imparable de la guillotina, y advierte del peligro de la web del movimiento, en la que se instruye al personal en la desobediencia civil: “Están entrenados para la acción directa, para la confrontación y la intimidación. No me sorprendería que en el futuro se desatase la violencia”.

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En una entrevista diferente se remite el autor a los ataques a la americaneidad que los radicales en los años 60 acometieron desde dentro, en los campus universitarios. Según Klein, todos estos subversivos regresaron en los años 80 como educadores y como ecologistas y trabajadores del sector tecnológico. Lo que hicieron fue poner en marcha iniciativas en la educación, alimentaron cierto activismo ecológico, y quisieron reformar las leyes de inmigración. Ahora, esos radicales, están coaligados con el gobierno de Obama y han arrancado OWS, para también atacar desde fuera. Y cree el autor que todas estas ideas radicales están embebidas en su legislación, y estos radicales tienen una agenda que ningún americano apoyaría si realmente supieran de que iba la cosa. Aunque claro, luego se retracta, no es que Obama sea anti americano y quiera destruir el país, lo que quiere es transformarlo. Y esa transformación consiste en repartir la riqueza americana un poquito mejor. Y esto, para Klein, es destruir el país.

Lo mejor del asunto es que de este libro tuve noticia leyendo otro, a cuya presentación fui hace un par de semanas en San Francisco. Este otro libro es de un chaval que se llama Nathan Scheneider, de unos treinta y tantos, tez muy blanca, barbita incipiente, ojos clarísimos y postura corporal algo monacal, experto, de hecho, en teología. Un modelo de hombre al que no acabo de ver yo como radical violento y que, por el momento ha escrito un libro entre periodístico y etnográfico del movimiento que está bastante bien. Las gentes que le escuchábamos, todas blancas, a excepción de Adrian que venía conmigo, rondaban los 70 años. Abuelitos amables que en sus tiempos mozos, seguro, habían sido radicales peligrosos. Ahora escuchaban atentos y silenciosos en una librería de San Francisco, The Green Arcade, heredera de Cody´s, un mito de las revueltas estudiantiles de glorioso Berkeley de los 70, un lugar en el que se atendía a todos aquellos lesionados por los ataques policiales en las manifestaciones contra la guerra del Vietnam.

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El libro, cuya presentación descubrí ojeando un periódico gratuito, Bay Guardian, que se subtitula: Raising Hell Since 1966, se llama Thanks Anarchy: Notes from the Occupy Apocalypse. En suma, reconozco que fui para allá esperando encontrar algo de marcha, cierto contacto más naturalizado del que me rodea cada día en la lejana ciudad de Merced, y algún “Kindred Spirit”, que llaman aquí. Pero no, los radicales se habían transformado y eran dulces, portaban la sonrisa profesional característica de estas tierras mientras acariciaban sus perritos y se preocupaban mucho de la posible violencia del movimiento, aunque, claro está, lo apoyaban. Cuando todo terminó quise entablar alguna conversación pero solo conseguí una firma de la autora del prólogo, que he de decir me gusto mucho, Rebecca Solnit, y comprar el libro por la alta cifra de 28 dólares.

De esta gratitud a la anarquía y esta profundización en la idea de apocalipsis, que puede uno rastrear en el libro de Schneider, daré buena cuenta en el próximo post, pero para terminar este que nos ocupa creo que recomendaría un tercer libro que hay que leer muy atentamente para entender algo de esta inmensidad que se llama Estados Unidos y de los extremos que la pueblan. Este tercer libro, fantástico, es de Fred Turner: The Democratic Sorround, Multimedia and American Liberalism from World War II to the Psychedelic Sixties. Allí uno saca muchas conclusiones, que ya me encargaré de desgranar, pero la idea que sobrevuela todo el libro es lo manipulables y extraordinariamente proclives al estrés que son los americanos, por muchos esfuerzos que hagan los intelectuales, sociólogos, psicólogos, antropólogos y demás científicos sociales, en alianza con los artistas, en este caso (en la cronología del texto) todos los europeos que huyendo de Hitler recalaron en una fértil tierra por definir. La sociedad americana, con todo y con ello, puede aun, como pudo entonces, entrar en pánico con una nueva guerra de los mundos, como muy bien se encargó de demostrar Orson Welles.

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Mientras tanto la vida continúa apartada y monótona en este Far West, que aunque sigue siendo oeste ya no es lejano y mucho menos épico. A veces creo que en esta tierra del consumo desmesurado y del miedo convulsivo, nada de verdad existe, ni los subversivos radicales, ni los acólitos del tea party. Solo existe un brutal marketing orientado a la venta y mientras tanto las calles siguen desiertas a no ser por unos tantos homeless que siguen siendo expulsados brutalmente por una policía adiestrada al efecto. Para que todo siga como toda la vida de menos de un siglo.